El antisemitismo de Richard Wagner

RichardWagner

Durante la historia, en la música y el arte se han destacado artistas judíos, reconocidos mundialmente.

Gran parte de los músicos notables de los siglos XIX y XX fueron de ascendencia judía como Giacomo Meyerbeer, Jacques Halevy, Félix Mendelssohn, Johann Strauss (Padre e hijo), Anton Rubisntein, Gustav Mahler, Loenard Bernstein, entre muchos otros. Las notas musicales judías han trascendido los siglos y en la actualidad la lista es aún más amplia: Lou Reed, Pink, Joe Ramone, Adam Levine, David Guetta, Simon & Garfunkel, Bob Dylan, Barry Manilow, Gene Simons (Kiss), Billy Joel, Amy Winehouse, Paula Abdul, Beastie Boys, son solo algunos de los nombres que han destacado en el ámbito artístico mundial.

El mundo entero ha reconocido el talento judío para las artes musicales y sin embargo hubo quien se refiriera a los músicos judíos con desprecio en su total antisemitismo. Se trata de Richard Wagner quien dedicó uno de sus escritos a denigrar la música judía en su obra: El Judaísmo en la Música. Ensayo escrito bajo seudónimo, pero reconocido por sus ataques al arte judío.

En este ensayo escrito en el año 1850 explica el propósito de la obra: “Explicarnos a nosotros mismos la repelencia involuntaria que sentimos por la naturaleza y la personalidad de los judíos, a fin de reivindicar el instintivo disgusto que claramente reconocemos como más fuerte y más abrumador que nuestro celo consciente para librarnos del mismo.”

En el artículo, Wagner señalaba como absurda la idea de que los judíos pudiesen componer música. Consciente de la poca credibilidad que podrían despertar estas palabras, indicaba que, aunque fuesen capaces de componerla, ésta carecería de pasión. Nunca una obra musical creada por un judío sería capaz de conmover realmente a un oyente con educación e instinto musical.

Señalaba, en primer lugar, que el desempeño profesional de la música por parte de los judíos era impedido por sus más básicas características fisiológicas o físicas. Calificaba su acento de repugnante, tanto por su tono de voz como por su pronunciación. Consideraba a su vez que su aspecto, para él desagradable, no podría ser representado en una obra de arte. Esto les impedía, en primer lugar, cantar. Según sus propias palabras, el hecho de ver a un judío cantar en un escenario “lograría que saliéramos huyendo, si no fuera porque la bufonería de ese fenómeno nos retendría.”

Wagner cuestionaba también su sensibilidad para crear y componer. Consideraba que los judíos estarían siempre predeterminados a imitar la música de la sinagoga. Sin embargo, al plantear todo esto, tenía en cuenta la presencia de muchos compositores e intérpretes de origen judío.

Consideraba que los judíos, sin un territorio propio, han tenido históricamente la necesidad de adaptarse a otras culturas. Y aunque consiguieran adaptarse a las costumbres y al lenguaje, no lograban formar parte del Volk que surge de la esencia verdadera de unión de un pueblo. Eran y serían siempre espectadores.

Y añade que, al ser las lenguas europeas ajenas a la historia de su pueblo, nunca conseguirían expresar a través de ellas ningún tipo de sentimiento o emoción. ¿Cómo podían expresarse artísticamente a través de idiomas que eran siempre idiomas aprendidos? En el lenguaje, al igual que en la música, reside la pasión, es la forma de expresión de un pueblo. Pero esta expresividad, según el compositor, estaba vetada para los judíos, que no consiguen emocionar a través del canto ni de las palabras. No podrían, así, componer nada parecido a lo que Wagner considera la “obra de arte total”.

Wagner señalaba que el objetivo de su artículo no es más que el de resaltar la presencia del judío en el panorama musical de su momento. Los artistas debían tener en cuenta que la búsqueda única del beneficio económico alejaba al pueblo alemán de la posibilidad de crear arte a partir del Volk. Sólo conociendo, subrayaba, la raíz del problema, podrían obrar consecuentemente para ponerle fin.

En una ocasión afirmó: “Cuando dirijo obras de Félix Mendelsshon me pongo guantes, no puedo remediarlo, me da asco dirigir música de un judío.”
Le comentaron que un lamentable incendio había causado la muerte de cientos de personas cuando estaban escuchando una representación de Cuentos de Hoffmann, obra del compositor Jacques Offenbach, y Wagner apuntó: “Eso les estuvo bien empleado por escuchar operetas de ese judío.”

Adolf Hitler era un ferviente admirador de la música de Wagner, llegó incluso a afirmar que «hay un único predecesor legítimo del nacional-socialismo: Wagner».

La música de Wagner era interpretada con frecuencia en los mítines nazis (como la música de Beethoven, también considerada «apropiada»). La nuera póstuma de Wagner, Winifred Wagner, fue también admiradora de Adolf Hitler y dirigió el Festival de Bayreuth entre la muerte de su marido, Siegfried, el año 1930 y el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue despedida. Durante el período nazi, frecuentemente se requirió la asistencia de la alta jerarquía del régimen a las interpretaciones de las óperas de Wagner. De esta manera, los alemanes de la era nazi, aunque no supieron nada de música y no conocieron los escritos de Wagner, se les presentó la figura del compositor como la clara imagen del gran alemán antisemita.

El antisemitismo propagado por Wagner en sus obras literarias y declaraciones fue aprovechado por Hitler en la época del Tercer Reich para manipular a la opinión pública en contra de los judíos, ya que se consideraban un pueblo con una cultura musical muy arraigada. De esta manera, y para ser consecuentes con sus ideas, necesitaban limitar la variedad existente en la época. Poco a poco se fue rechazando a los músicos judíos, con el objetivo, según el partido, de erradicar cualquier atisbo de judaísmo en la música alemana, para que los propios músicos alemanes pudieran trabajar codo con codo.

Debido a todos estos factores, y por consenso, la música de Wagner no fue interpretada en el moderno Estado de Israel durante el siglo XX. Recientemente muchos israelíes han discutido que es compatible disfrutar de la música de Wagner sin que ello implique aceptar sus convicciones políticas y sociales. En el año 2001 hubo una interpretación pública del Preludio de Tristán e Isolda en Tel Aviv, dirigido por Daniel Barenboim como obra extra al programa. La interpretación suscitó sentimientos encontrados entre el público, entre el deleite y la cólera.

En las últimas semanas se estrenó en Alemania la obra ”Los Maestros Cantores de Nuremberg” de Richard Wagner, como acto de apertura del Festival de Bayreuth, dedicado anualmente a la memoria y obra de Wagner.

Barrie Kosky, director musical judío australiano, presentó esta innovadora edición de una de las más famosas obras de Richard Wagner, “Los Maestros Cantores de Núremberg”, realizando con ella una crítica cómica e irónica del arraigado antisemitismo del compositor alemán.

Kosky, traslada la esencia de la obra localizada originalmente en la Núremberg del siglo XVI, hacia una especie de “historia dentro de una historia”, en la que el compositor húngaro Franz Liszt y el compositor judío alemán Hermann Levi, visitan a Wagner y a su hija Cosima en su residencia, la villa de Wahnfried, en la Bayreuth de 1875. El escenario inicial de Wahnfried termina por convertirse en la sala de los Juicios de Nuremberg de 1945, en la que el juzgado se vuelve el propio Wagner/Sachs y el juzgador es Levi/Beckmesser.

La canciller alemana, Angela Merkel, los reyes de Suecia y demás audiencia presente aclamaron el trabajo de Kosky.

“Tenía miedo a no poder respirar en este mundo tan cerrado, a sentir la pesada losa del Tercer Reich sobre mis espaldas, a caer en las redes de Wagner, sus clichés y utopías” declaró el australiano antes del estreno.

ISCA en Español

Imagen: Franz Hanfstaengl

Fuentes: SINERIS, EL MUNDO, ENLACE JUDÍO

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